CON LA INFANCIA ATRAPADA EN LA PRISIÓN

Periódico Página Siete, La Paz, 24/11/2017 - ANF.

Foto: Los niños conviven con antisociales peligrosos y son testigos de situaciones de extrema violencia. Archivo Página Siete.

Pese a los esfuerzos, en Bolivia no se puede impedir que algunos condenados a prisión lleven a sus hijos a los penales. Se habla de más de 1.000 niños “encarcelados”.

El problema es de larga data y no puede ser resuelto. Por lo menos 1.000 niños y niñas viven con sus padres dentro de las cárceles bolivianas, con la infancia atrapada en prisión, pagando delitos que no cometieron. En otros países se acepta que bebés lactantes o niños menores de tres años convivan con sus madres, cuando éstas cumplen detención,  pero que pequeños mayores a esas edades estén en las celdas es inadmisible, peor en prisiones de hombres. Bolivia es un caso único.

El problema se origina cuando los encarcelados ven que sus familiares no pueden hacerse cargo de la crianza de sus hijos y no están de acuerdo en que sus pequeños sean trasladados  a centros de acogida estatales, por temor a que sufran abusos. En otras situaciones los condenados piensan que viviendo con sus hijos en prisión recibirán sentencias más cortas.

A esto se suma otra situación: algunos presos consideran que están más tranquilos teniendo a sus hijos junto a ellos, en sus celdas, que fuera, a lo que Tomás Molina Céspedes, exdirector general de Régimen Penitenciario, llama “entendible”.

La consecuencia de estas decisiones son niños y niñas que incluso han muerto en las cárceles bolivianas, ya sea de enfermedades (hubo un caso de meningitis) o a causa de golpizas y hasta  violaciones. En 2013 se registró el caso de dos niñas ultrajadas sexualmente  durante años por su tío, padre y padrino. Una de ellas resultó embarazada. La alarma, entonces, fue internacional.

Especialistas que prefieren no revelar sus identidades aseguran  que la violencia contra los niños es frecuente y muchas veces “bárbara” dentro de los penales. Además –señalan–, los menores “normalizan” la violencia, física y psicológica que reina entre los adultos encarcelados.

Los chicos, junto a sus padres, sufren hacinamiento y enfermedades y están en medio de un entorno completamente inadecuado para su desarrollo infantil. Ramiro Llanos, exdirector de penitenciarías, señaló en una declaración anterior que “los menores no tienen ninguna protección y comparten el espacio con ladrones, asesinos, violadores, pandilleros y narcotraficantes”. “Son testigos del consumo de alcohol, de drogas y también de la violencia que reina en esos lugares”, alertó.

Entonces, la autoridad pidió a los policías que “dejen de ser tan corruptos y que no permitan más la entrada de  niños a la cárcel”, según el diario Página Siete. El Gobierno promete desde hace años una solución al problema, pero ésta nunca llega.

Según datos del Régimen Penitenciario, obtenidos de una memoria del Ministerio de Educación, hasta 2015 existían al menos 1.076 niños viviendo con sus padres en las cárceles del país. Otros datos señalan que se trata de 1.500.

Extrema inseguridad

Los artículos 106 y 107 del Código Niño, Niña, Adolescente establecen la prohibición de que niños mayores de seis años vivan en centros penitenciarios. Pese a ello, en las cárceles de hombres existen incluso adolescentes mujeres que siguen allí.

Según la Jefa de Unidad de Defensa Integral a la Familia de la Alcaldía de La Paz, Jaqueline Llanos, los padres justifican la estancia de sus hijos en la cárcel señalando que prefieren “mil veces que (sus hijos) estén con ellos, porque afuera no tienen control sobre ellos”.

El exdefensor del Pueblo, Rolando Villena rechaza, por completo que se dé esta situación: “De ninguna manera (debería haber niños en la cárcel) porque los niños, que no tienen visibilidad social, están aún más invisibilizados. Su presencia en las cárceles hace que el tema de la violencia que sufren sea tres o cuatro veces más grave”.

“Los niños y niñas viven situaciones de extrema inseguridad en las cárceles”, asegura.

Villena añade que los niños “jamás van a entender por qué ellos tienen que soportar la discriminación” de vivir en una cárcel. Incluso en las escuelas a las que asisten y que están fuera de las penitenciarías. “Llevan la marca de que son hijos de presos o de delincuentes”, afirma.

Villena revela que el 18% de los hijos e hijas de los presos sin sentencia no pueden nisiquiera acceder a un certificado de nacimiento, porque en muchos casos nacieron de “uniones informales”, que generalmente acaban en rupturas. Esta condición los condena a no  existen para la sociedad, menos para el Estado.

La Jefa de Unidad de Defensa Integral a la Familia de la Alcaldía añade que esa situación priva a estos niños, niñas y hasta adolescentes de elementos esenciales y genera que su círculo de amistades “se limite a un centro de privados de libertad”. Considera que se debe trabajar para que sus familiares en libertad asuman su cuidado.

“Mal menor”

Pero no todos están en contra de que algunos niños vivan y crezcan en las cárceles. El abogado y exdirector general de Régimen Penitenciario, Tomás Molina Céspedes, considera que la situación es un “mal necesario” o “mal menor”, debido a que “de otro modo esos niños vivirían en las calles” y podrían ser víctimas de niños mayores o “antisociales de todo tipo”.

El jurista aclara que no es partidario de que los infantes vivan en las cárceles, pero que ello no puede evitarse hasta que el Estado les ofrezca y garantice la alimentación, vestimenta, salud, educación y desarrollo integral que precisan.

Molina considera que, de cierta manera, el que algunos niños vivan con sus padres en las cárceles garantiza su seguridad. Añade que a esto se suma que no se rompe el vínculo familiar y, más bien, se estrechan esos lazos.

La psicóloga Carla Ariscaín, que trabajó entre 2002 y 2006 en el centro penitenciario de Palmasola de Santa Cruz, señala que los reos que llevan a sus hijos a las cárceles tienen dos razones para tomar esa decisión: primero, consideran que, aunque sean un lugar perjudicial, sus hijos están mejor con ellos que en los centros de acogida del Estado; segundo, creen que su condena los separará para siempre de sus hijos.

Salir del penal para ir al colegio

Los niños del penal de San Pedro de la ciudad de  La Paz asisten a clases en la tardes luego del almuerzo, salen de ese recinto penitenciario, donde están recluidos con sus padres, para ir a una unidad educativa que está cercana a la cárcel. 

En el centro educativo pasan cuatro horas, muy distintas al resto del día que viven el penal; allí olvidan por un momento su realidad y se  distraen mientras aprender  y comparten con  otros pequeños de su edad.

Cuando el sol se pone les toca retornar a la prisión. Dan media vuelta por la plaza San Pedro, que está frente al penal,  vuelven junto a sus padres, al encierro.

Los Centros de Apoyo Integral Pedagógico (CAIP), programa dependiente del Ministerio de Educación, brindan atención a nivel nacional a 301 niños y niñas que residen en los  recintos penitenciarios, permitiéndoles acceder al servicio de educación. Entre 700 y 1.200  asisten al colegio o al kínder.

Reynaldo Quiroga, director del centro educativo que recibe a los niños de San Pedro,  asegura que se trabaja mucho para  “preservar su identidad lo más posible” y   no sean víctimas de la discriminación por parte de sus compañeros de curso.

Añade que en la unidad educativa se  intenta darles la mejor cuidado y formación.

Para Germán Silvetty, director de la unidad educativa del turno de la mañana de la misma escuela, trabajar con los niños que cumplen condena con sus padres en la cárcel se trata de un tema “complejo”.  “Dentro de la cárcel tienen sus propias normas, creo que están protegidos (…). La mayoría son niños pequeños, son niños que hasta los 10 años acompañan a sus papás”, explica el educador.

http://www.paginasiete.bo/gente/2017/11/24/infancia-atrapada-prision-160642.html